Profile picture of Keith Kellett
Profile picture of davide puzzo
Profile picture of Kiss From The World
Profile picture of Neha Singh
Profile picture of Lilly
Profile picture of Sara
Profile picture of Maria
Profile picture of Dharmendra Chahar
Profile picture of Shane Cameron
Profile picture of Pandorasdiary
Profile picture of Tracy A. Burns
Profile picture of Aditi Roy
Profile picture of Maite González
Profile picture of Anirban Chatterjee
Profile picture of Tara
Profile picture of Meg Stivison
Profile picture of Catherine McGee
Profile picture of Bindu Gopal Rao
Profile picture of Rashmi Gopal Rao
Profile picture of Paula
Profile picture of Carol Bock
Imprimir

La decisión más arrebatada y paradojicamente la más sensata

El principio de los relatos de mi blog comienza con un sueño, uno que he compartido en palabras con una cantidad inimaginable de personas de las cuales muy pocas se han lanzado al agua para convertirlo en realidad. Y es que no es sencillo tomar la decisión de alejarse de lo establecido e ir en contra del pesimismo de los que te rodean e insisten que te aplomes y no seas inconsciente. Pero el sueño me arrastraba y el deseo era incontenible, era de esas sensaciones que hacen decir a las personas “no me puedo morir sin…” en mi caso no me podía morir sin recorrer Sur América siendo mochilera.

Jamás en veinte tantos años había ido siquiera a acampar al patio de mi casa. Sin entender la dicha del contacto con la naturaleza y la libertad del nómada, rechazaba todo aquello que estuviera fuera de la burbuja de smog citadina y la comodidad de mi habitación. Desde que era una niña, escuchaba a mi papá hacer alusión a lo detestable que podría llegar a ser una noche en carpa de manera que mi sueño estaba descontextualizado con mi realidad y mi entorno. Sin embargo en mí siempre ha existido una fuerza interior que me empuja a ir en contra de la corriente, nunca he sido rebelde y difícilmente causo problemas, pero discuto una y otra vez por la obligación de hacer lo que se supone debo hacer. Así que no fue difícil comenzar a caminar; para ese entonces la ciudad me pesaba y las responsabilidades del mundo y el deber ser y hacer después de graduarme como diseñadora gráfica me aturdían.

Mi papá angustiado por mi futuro me recordaba que era hora de buscar un empleo, mis amigas en búsqueda de abandonar la soltería me replicaban: “¿Te vas a casar?, ese mechudo que tienes como novio no nos gusta”; y en otras ocasiones terminaba en las indirectas de mi familia, recordándome que mi primos tenían carros y demás posesiones materiales que me son indiferentes. Sin quererlo, cada conversación, cada pregunta y cada réplica fueron una invitación a escapar.

Jamás en veinte tantos años había ido siquiera a acampar al patio de mi casa. Sin entender la dicha del contacto con la naturaleza y la libertad del nómada, rechazaba todo aquello que estuviera fuera de la burbuja de smog citadina y la comodidad de mi habitación. Desde que era una niña, escuchaba a mi papá hacer alusión a lo detestable que podría llegar a ser una noche en carpa de manera que mi sueño estaba descontextualizado con mi realidad y mi entorno. Sin embargo en mí siempre ha existido una fuerza interior que me empuja a ir en contra de la corriente, nunca he sido rebelde y difícilmente causo problemas, pero discuto una y otra vez por la obligación de hacer lo que se supone debo hacer. Así que no fue difícil comenzar a caminar; para ese entonces la ciudad me pesaba y las responsabilidades del mundo y el deber ser y hacer después de graduarme como diseñadora gráfica me aturdían.

Mi papá angustiado por mi futuro me recordaba que era hora de buscar un empleo, mis amigas en búsqueda de abandonar la soltería me replicaban: “¿Te vas a casar?, ese mechudo que tienes como novio no nos gusta”; y en otras ocasiones terminaba en las indirectas de mi familia, recordándome que mi primos tenían carros y demás posesiones materiales que me son indiferentes. Sin quererlo, cada conversación, cada pregunta y cada réplica fueron una invitación a escapar.

Mis primeros destinos en Colombia fueron una pequeña huida que me abrió la puerta hacia un camino hasta ese momento desconocido. Me impulsaron a buscar más lejos, a entusiasmarme, a hacerme soñar con fronteras desconocidas y paisajes inhóspitos. “Yo quiero conocer el mundo”, me dije. Limpié mi cabeza contaminada por los prejuicios a los viajes “guerreros”, esos de incomodarse y divertirse pese a cualquier adversidad, tomé mi mochila y salí de casa.

El Tayrona fue el primer rumbo que me invitó a aventurarme como viajera con poco presupuesto. Fue un gran reto salir de mi burbuja y dejar de ser la niña acomodada de colegio católico estrato “por las estrellas”; me alejé por primera vez de casa ocho días para acampar sin el cuidado de mamá, cociné con fuego, caminé con maletas de 10 kg al hombro bajo el sol ardiente, viajé con lo justo, dormí con poca privacidad, compartí baños asquerosos con gente desconocida y recibí cerveza a cualquier loco vendiendo manillas en el camping. Si bien parece un viaje común para un mochilero, mi realidad distaba de lo que estaba viviendo. Así que para mí fue toda una experiencia.

Pero, ¿por qué incomodarme?, ¿por qué no conseguir un trabajo e irme de vacaciones ocho días a las cabañas del Tayrona?. La mayoría de personas a quienes les cuento mis historias de viaje, me confiesan que para ellos son una locura. Pero a través del tiempo y de mis cortas y única larga travesía, comprendí que un lugar no se conoce pagando lujosos hoteles y planes turísticos, finalmente a la recepcionista del hotel, al mesero del restaurante y al de la tienda de recuerdos les toca ser amables a veces por obligación y el trabajo del guía turístico es cumplir un itinerario y llevar a sus clientes a los lugares propicios para la foto. Pero cuando caminas km, guerreas para ir de un lugar a otro, hablas con la gente del común, comes en los mercados, sales con maleta al hombro y cara de “hippie” (es un término común para denominar a los mochileros y artesanos), te das cuenta cómo son realmente las personas y su cultura, conoces lugares que muchos no saben de su existencia porque no aparecen en el mapa turístico y te sorprendes porque el mundo se abre y se caen las paredes en las que vivimos la rutina de nuestra vida.

Pero vuelvo al inicio. Cuando hice mi primer y pequeño viaje no tenía idea de lo grandioso de conocer otros lugares del mundo “mochileando”. Así que no voy a mentir, el Tayrona fue una maravilla. Tuve contacto con la naturaleza, mis pies anduvieron descalzos sobre la tierra y la arena y sentí indignación por los descerebrados botando desechos al mar. Pero no fue un viaje guerrero, incómodo si, guerrero no, llevaba la tarjeta débito de papá por cualquier emergencia, dinero en el bolsillo de reserva y tiquetes en bus ida y regreso.

Con esta, se convirtió en un plan anual viajar por Colombia. El Cabo de la Vela fue el siguiente destino y la historia se fue transformando. Aunque solamente acampé durante ocho días y llevaba la tarjeta débito de papá, dinero en el bolsillo y demás, quien haya llegado al Cabo de la Vela desde Bogotá en bus ya sabe que no es cualquier cosa. 23 horas hasta Riohacha, unas más hasta Uribia y desde allí 4 horas en un campero viejo y destartalado por una trocha en la que cada hueco pone en riesgo los riñones. Sinceramente uno debe tener muchas ganas de conocer la punta de la Guajira para hacer el viaje. Pero para mí el momento fue memorable, enfrentar los pequeños obstáculos y adversidades así fueran pequeñeces, ¡grandioso! eleva el espíritu, por lo menos el mío. Y al llegar allá que puedo decir, cualquier incomodidad se olvida, el desierto al lado del mar, los indígenas wayuu y los atardeceres perdidos en el océano, me traen paz con solo recordarlo.

Gracias a ese viaje, el increíble paisaje y la pequeña travesía, comenzó mi avaricia, quería más y más viajes, ver más lugares, sorprenderme con el mundo, con la naturaleza y con las personas. No había terminado de conocer el desierto cuando ya estaba planeando el siguiente viaje a la Sierra Nevada del Cocuy. Ocho días en la montaña caminando trayectos de diez horas con maletas al hombro, la altura encima que no me dejaba respirar, el frío penetrante de las noches y el grandioso silencio. La soledad de la Sierra es maravillosa, me deleitaba observando a los montañistas que andaban en la misma sintonía que yo, llenarnos de energía de la inmensa e increíble montaña nevada a 5000 m.s.n.m. y un poco más. No podía más que contemplar a estos guerreros que llegaban a la cumbre, admirarlos desde el inicio de la capa de hielo y llenarme de su espíritu. Una y mil veces volvería a esa montaña. Con esta travesía más difícil de enfrentar, medí mi fuerza física y mental para soportar condiciones que por momentos se tornaban difíciles y me di cuenta que podía hacer mucho más que caminar horas con maletas pesadas y aguantar el frío penetrante que no me dejaba dormir.

Al regreso del Cocuy, todos mis pensamientos y sentimientos acerca de la ciudad y la vida común se hicieron casi insoportables, la rutina, el diario, el cemento y el trabajo me ahogaban. Sentí que era el momento de escapar y decidí que no podía seguir siendo un sueño eso de ser mochilera, así que comencé a planear el siguiente viaje como supuse era debido: ahorré dinero, miré mapas, hice llamadas, elaboré un recorrido, miré una y otra vez guías de turismo y lo mejor del viaje es que todo lo anterior fue en vano porque nada salió como estaba planeado. Parece paradójico teniendo en cuenta que soy controladora y me gusta que todo salga exactamente como está en mí cabeza, pero para ser mochilera aprendí que lo único que uno debe saber es que se va, el resto llega y sorprende. Así que mi siguiente destino era La Patagonia, el destino que planeé claro, pero conocí mucho más que el sur del continente y ahora… planeo darle la vuelta al mundo.


COUNTRY

CITY


Profile photo of Natalia Méndez Sarmiento

Mi nombre es Natalia y nací hace 28 años en Bogotá - Colombia. Soy una chica apasionada por aprender, moverme y vivir cada segundo de mi vida al máximo.Si me preguntan que soy o que hago a veces me cuesta responder porque puedo decir que soy lo que estudié, es decir diseñadora gráfica y realizadora audiovisual; también que soy guitarrista o artesana, entre otros hobbies que tengo. O tal vez pastelera, porque me encantan los dulces, aprendí recetas de mi abuelita y tengo una pequeña empresa de pasteles, de eso vivo cuando estoy en Bogotá. Sin embargo viajar y vivir nuevas experiencias es mi mayor anhelo y lo estoy haciendo realidad. No sé exactamente cuando nació este sueño pero quiero darle la vuelta al mundo y estoy trabajando en eso.



Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Skip to toolbar