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Siete Colores en la Laguna de Bacalar

El sobrenombre “Laguna de Siete Colores” me pareció solamente un truco publicitario para atraer turistas a la Laguna de Bacalar, me ha sucedido muchas veces que busco un lugar en internet antes de ir y cuando llego, me doy cuenta que todo era photoshop. Por supuesto es cierto que cada lugar depende de los ojos con los que se le mire y no del lugar como tal, pero a veces tengo que arrancar de cero a conocer y buscarle el lado positivo a las promesas de paisajes fantásticos en google, por eso me va mejor con eso de ser mochilera y no turista, porque siempre va a ver algún detalle que me devolverá el asombro y la sorpresa, así no sea el lugar que esperé.

Me fui a Bacalar acompañada de Giovanni y Betsabé, dos amigos mexicanos que conocí en Tulum. Llevaba el asta de la “experta” en autostop con la responsabilidad de llamar a la paciencia necesaria, en caso de estar tan solo cinco minutos esperando y que por ejemplo Giovanni, comenzara a pensar en tomar un taxi (¿?). Salimos a la ruta federal 307, la misma que conecta Chetumal (frontera de Belice con México), Tulum, Playa del Carmen y Cancún. El objetivo era llegar a dedo a Bacalar, un pueblo que se encuentra a 200 km de Tulum y es famoso esencialmente por su Laguna de 7 Colores y por el cenote Azul.

Con el tiempo he aprendido a confiar tanto en el autostop, que ya ni pregunto de dónde salen los buses más cercanos, error de prevención porque nunca se sabe cuándo el autostop verdaderamente no funcione, sin embargo no fue necesaria esta prevención que sí tuvieron Giovanni y Betsabé, porque 15 minutos después estábamos subidos en la parte trasera de un pequeño camión con estacas, el chofer no nos dejó hacerle compañía en el asiento delantero porque “iba a recoger a un amigo” cosa que jamás sucedió, lo que traduzco entonces como desconfianza. El hombre iba hasta el siguiente pueblo llamado Felipe Carrillo Puerto y allí nos dejó en una estación de servicio tratando de convencernos de tomar un autobús en el centro hacia Bacalar, y se despidió diciendo: “no se preocupe, no le cobro nada”, lo cual me sorprendió porque es la primera vez que me subo a un auto y el chofer está esperando que le pague.

La ruta 307 a la altura de Carrillo Puerto parecía un recóndito desierto a las 5 de la tarde, alcancé a pensar que terminaría siendo la culpable de una mala noche o el pago de un taxi por mi intensidad de querer hacer dedo hasta el destino, pero recordé un ride de días nicaragüenses con Nicolás Marrero, en la ruta absolutamente desolada que conduce hacia El Rama, y aun así llegamos antes del anochecer.

Primero se me ocurrió pedir con Betsabé el aventón a un camionero en la estación de servicio, ante su respuesta quedé atónita, “¿traen armas o drogas?”… ¿será que si funciona? cuando uno pregunta así, ¿alguien responderá que sí? Aunque dijimos que estábamos libres de cualquier objeto que lo comprometiera y nos pidió esperarlo a la salida para llevarnos, preferimos seguir intentando sobre la carretera. Así, terminamos encaramados en la camioneta de un hombre con ganas de fiesta y cerveza, lo que determinó la invitación por su parte a un six pack y a llevarnos hasta la puerta de un camping en Bacalar.

Al llegar, el sol ya se ocultaba, sin embargo algunos rayos aún iluminaban la laguna que se exhibía azul con destellos turquesa antes del final de la luz. Al menos si no eran siete, si podía decir que había visto dos colores y que las profundidades no eran tan abismales en contraste con las superficiales, engañando a los que soñaban ver siete colores o más.

A la mañana siguiente nubosa, por suerte para nosotros porque los días de agosto son los más calurosos del año, apenas se veían algunos brillos azulosos sobre la laguna y el cielo gris. Como aún no he aprendido a pesar de la vida, del viaje, de las lecciones, los regaños y los acontecimientos, que las cosas solo suceden en su justo lugar y en su justo momento, no un minuto antes, no un segundo después, no cuando yo quiero, solo en su justo tiempo y lugar, comencé a preguntar desesperada mientras desayunaba a los lancheros, al dueño de los kayak, al del camping y en general a todo el que quisiera cruzar una palabra conmigo, si creían que se iba a despejar el cielo porque yo había ido para ver siete colores en el agua y apenas vislumbraba una laguna azul.

La Península de Yucatán tiene una pizca de magia ante mi subjetiva percepción y con algo de objetividad también lo puedo ver, la razón principal no sé si es la península en sí, o mis ganas de conocerla desde que supe hace muchos años, 20 quizás, que en Yucatán se había estrellado el meteorito que extinguió a los dinosaurios -me gustan las historias catastróficas-, aunque mi imaginación gigante contraria a mi estatura, me haya hecho pensar que prácticamente todo México era un gran cráter y hasta el meteorito fosilizado alcancé a vislumbrarlo en mi fantasía. Aunque no es así, si hay una deformación geológica en la península que apunta a la verificación de la teoría, pero no es ni parecido a lo que imaginaba. En todo caso, es un área donde teóricamente un colosal meteorito se estrelló hace millones de años y exterminó a casi todos los seres vivientes de la Tierra para ese entonces, sumergiendo al mundo en sombras y obligándolo a renacer cual ave fénix de sus cenizas. Solo eso para mí ya tiene magia, pero además le sumo con justicia el posterior nacimiento de la civilización maya, una de las más esplendorosas del mundo antiguo y que aún hoy se conserva parte de su cultura y su gente, y el pueblo de Bacalar como primer asentamiento humano en Quintana Roo.

Tras varias divagaciones conjuntas acerca de la mágica Península que te atrapa o te patea, por fin comenzó a salir el sol de mediodía, y con él, a hacerse evidentes los colores que nunca conté, porque según la posición del sol y la cantidad de nubes, la laguna mutaba su degradé de blancos por la arena blanda bajo la transparencia del agua, el cian más vívido e inverosímil que haya visto en la naturaleza, el turquesa como si fuese el mar Caribe en sus días más soleados aunque la laguna sea completamente de agua dulce y azul al que llamaré cobalto como los óleos y algunos verdes teñidos de azul. Gracias al sol dejé de pensar que aquello de los siete colores era un invento publicitario.

Desde afuera ya parecía un sueño en especial por el increíble cian fulgurante, sin embargo mi momento de éxtasis llegó cuando hice por primera vez kayak en esta cromática inmensidad. Me había negado en anteriores ocasiones a hacerlo por apatía a los deportes acuáticos, pero esta vez la laguna me llamó y emprendí navegación remando hasta la Isla de los Pájaros justo al otro lado de la laguna dónde las aves anidan y los cocodrilos esperan un bocadillo. Aunque el sol no fue mi compañero constante, cuando decidió escoltarme, se hicieron claros cada uno de los colores bajo el kayak, tenía que parar cada tantos metros para hacer consciencia de aquello que surcaba, pensando cómo describir cada color sin generalizar “azul”.

Al llegar a la mitad de la laguna, alimentada por cenotes y ríos subterráneos que renuevan el agua en cuestión de días, el color parecía petróleo cristalino -extraña pero acertada descripción-, entendí la sensación de relación íntima entre el agua y las personas, paré, aunque a varios metros estaba Betsabé, solo éramos el agua, yo y la laguna en su punto más profundo, al pensarlo me pasó un escalofrío, varios metros me separaban de la arena y quién sabe si no tantos de algunos monstruos subacuáticos. Llegué al otro lado cerca a la isla cuando el sol pegaba sobre el agua y todo se iluminó de un azul claro, casi blanco, inmaculado, un paisaje que solo pensé ver en el mar de algún recóndito rincón del mundo exclusivo para turistas con dinero, pero no, yo lo vi, navegué el agua de colores de arena tan blanda que al tratar de bajarme se hundió mi pie y preferí permanecer en el kayak, vi claramente las formaciones de arena que generaban figuras y profundidades, nadé allí también. Al devolverme miré cuantas veces pude hacia atrás, porque a pesar de que allí estuve no podía creer que tantos colores se desplegaran del agua.

Salimos absortos de fantasía a la ruta con la tarde en los hombros y paramos a un camión que nos llevó hasta Tulum, pausa incluida de dos horas por el pinchazo de dos llantas, realización personal poder ver también además de una laguna de siete colores, cómo es que un camionero fortachón le cambiaba las llantas a un tráiler, todo un misterio resuelto: a punta de fuerza.


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CITY


Mi nombre es Natalia y nací hace 28 años en Bogotá - Colombia. Soy una chica apasionada por aprender, moverme y vivir cada segundo de mi vida al máximo.Si me preguntan que soy o que hago a veces me cuesta responder porque puedo decir que soy lo que estudié, es decir diseñadora gráfica y realizadora audiovisual; también que soy guitarrista o artesana, entre otros hobbies que tengo. O tal vez pastelera, porque me encantan los dulces, aprendí recetas de mi abuelita y tengo una pequeña empresa de pasteles, de eso vivo cuando estoy en Bogotá. Sin embargo viajar y vivir nuevas experiencias es mi mayor anhelo y lo estoy haciendo realidad. No sé exactamente cuando nació este sueño pero quiero darle la vuelta al mundo y estoy trabajando en eso.



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