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Amor a primera vista con Cusco

La relación entre Cusco y yo fue amor a primera vista. Me enamoraron sus calles angostas, empedradas, cálidas y acogedoras, pero sobre todo me atraparon sus iglesias imponentes.

La sensación de entrar allí era plácidamente contradictoria. Por un lado la arquitectura era hermosa y poderosa, cada piedra me susurraba dejos de imponencia y egocentrismo y las historias que narraban los guías eran tan aterradoras como apasionantes, pisar cada uno de los templos era para mí un pequeño viaje en el tiempo. Por otro lado esta misma historia y arquitectura me recordaba los libros de historia que me hacían leer en el colegio, por lo general a favor de los conquistadores impositores de sus creencias a los “desalmados indios”, ladrones de riquezas de los pueblos latinoamericanos y destructores de importantes templos incas (entre otros). Estudié en un colegio católico lleno de monjas que intentaron convencerme que todo era satánico y si no sufría a latigazos morales, entonces no me salvaría. Para ellas, la labor de los españoles fue magnífica, “que suerte que hayan descubierto América para salvar a tanto pecador”. En ese intento desmedido de convencerme, me terminaron fastidiando y poniéndome en contra.

A pesar de la imponencia sobrecogedora de la conquista, allí también estaban los vestigios arquitectónicos indígenas en cada detalle, estos vestigios de lucha sacaban a flote mi sangre latinoamericana, haciéndome sentir orgullosa de haber nacido en estas tierras, aunque soy consciente que probablemente tenga mucho de europea y poco de indígena porque soy hija del mestizaje. No por nada mi segundo apellido es Sarmiento, que remitiéndome superficialmente a la heráldica, no solo es sumamente español, sino además, nació a partir de una grandiosa idea para llevar a la victoria en la batalla a las tropas cristianas, que ironía.

Entre los mejores lugares que visitamos se encuentra Qorikancha o Palacio de Oro, un maravilloso templo Inca donde se hacían ceremonias en honor a Inti (el Sol) y otras deidades, y se guardaban invaluables tesoros. Cada piedra como en otras construcciones de este imperio, está perfectamente esculpida para encajar en la construcción sin que pueda pasar siquiera una aguja en las uniones, además de las diversas precisiones astronómicas y matemáticas en cada rincón, no había piedra que colocaran sin razón específica. Sin embargo a primera vista Qorikancha no parece un templo Inca; durante la conquista se construyó sobre este el convento de Santo Domingo sobresaliendo en la ciudad. Es un contraste de arquitectura e historia en un solo lugar.

Durante una semana caminamos, caminamos y caminamos y solo de vez en cuando nos sentamos en las escaleras del templo frente a la bella Plaza de Armas cada noche a observar. Este lugar es una mezcla de tres épocas concentradas en un solo espacio. Por un lado bajo tierra, se encuentran ruinas de antiguos templos Incas que fueron destruidos parcialmente para construir iglesias durante la conquista, por otro lado estas iglesias se encuentran firmes e imponentes alrededor de la plaza con una belleza arquitectónica que le da un aire místico y al mismo tiempo ceremonial a Cusco, y finalmente al girar un poco la cabeza estamos allí, el siglo XXI con mundialmente conocidos letreros en neón, que invitan a una pequeña y sintética hamburguesa de Mc’Donalds y a un café en Starbucks. Preferiría solo el recuerdo de los Incas y los conquistadores

La dieta también hizo de esta ciudad un lindo lugar porque logramos abandonar un par de veces los sándwiches con queso y manzana, comprando almuerzos tan baratos como desbalanceados en la plaza de mercado. Cada plato era una oda a la grasa y la harina pero ante la economía los principios básicos de una buena alimentación se reducen a no dejarse morir de hambre. Por supuesto no era fácil encontrar comida que no rompiera mi vegetarianismo en este tipo de lugares, sin embargo me deleité varias veces con un arrume de arroz, media zanahoria y un huevo nadando en aceite encima; un gran banquete si lo comparaba con nuestro menú de los últimos meses.

La plaza de Mercado fue el lugar en el que nos encontramos con la “gente de a pie” de Perú, personas en general difíciles a las que no les interesa que uno se sienta cómodo porque no están pendientes de lo que sucede a su alrededor, excepto, cuando un rubio alto, de ojos claros y con dificultad para pronunciar el español intenta comprar algo, incluso Rodrigo, un mechudo con facciones indígenas, y yo, que si bien tengo el cabello claro y soy muy blanca tengo cara de latina, no pasábamos desapercibidos cuando nos querían tumbar, perdón, cuando nos querían vender algo.

Por lo general en Perú no se debe comprar con el primer precio que le den a uno porque seguro el valor está triplicado o hasta quintuplicado, dependiendo de qué tan blanco y rubio sea el cliente. Nos pasó varias veces que un mismo producto en diferentes lugares tenía desigualdades abrumadoras en los precios, y aunque en Argentina y Uruguay habíamos aprendido a no pedir rebajas porque era grosero y molesto, en Perú regresamos a nuestras raíces colombianas y cada vez que queríamos comprar algo pedíamos el descuento correspondiente.


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Mi nombre es Natalia y nací hace 28 años en Bogotá - Colombia. Soy una chica apasionada por aprender, moverme y vivir cada segundo de mi vida al máximo.Si me preguntan que soy o que hago a veces me cuesta responder porque puedo decir que soy lo que estudié, es decir diseñadora gráfica y realizadora audiovisual; también que soy guitarrista o artesana, entre otros hobbies que tengo. O tal vez pastelera, porque me encantan los dulces, aprendí recetas de mi abuelita y tengo una pequeña empresa de pasteles, de eso vivo cuando estoy en Bogotá. Sin embargo viajar y vivir nuevas experiencias es mi mayor anhelo y lo estoy haciendo realidad. No sé exactamente cuando nació este sueño pero quiero darle la vuelta al mundo y estoy trabajando en eso.



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